Sí, vos que no te mojabas bajo los chaparrones, y que no te dejabas ayudar por nadie, que tan fuerte fuiste por tanto tiempo, te fuiste, porque tenías que irte, porque ya está, porque nos hizo bien, a vos, a mí, a ella. Porque, yo sé, querías irte, no el día anterior, ese día, cuando me llamaste para despedirte; yo sabía para qué me llamabas. Yo sabía por qué los médicos no querían que escuche lo que le decían a ella, sin embargo quise escuchar, porque yo también soy fuerte, como vos. Y si no lloré, y si no estoy mal, ni triste, si no lloro todo el tiempo, sabés por qué es, sabíamos que no iba a funcionar, que todo iba a estar peor, que si superabas ese día iba a haber peores, ibas a irte igual, sólo que más dolorosamente para los tres, te tenías que ir. Y está bien así, creo que las cosas están ordenadas de manera correcta. Sí, lo están. Sin embargo, nunca me voy a perdonar esa sensación de alivio cuando nos llamó la médica.
Perdón, papá.
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